YAMA


• ronda nocturna

dsc00113

 

Fotografiamos

con los ojos cerrados

la luz de la luna.

 

Una noche más creo estar solo en el polígono industrial. Hay noches que hasta los ladrones serian bien recibidos. Comienzo la ronda nocturna que se extiende por el interior de sucesivas naves. Resuenan mis paso y el corto ritmo del repiqueteo de las uñas de la perra que me acompaña. Las estructuras metálicas estallan en contracciones frías. En el exterior una suave llovizna da brillo al cemento de las calles de fábrica. Con el haz de luz de la linterna busco sombras huidizas con vida propia. Es poco lo que se ve.

 

El oído se convierte en la principal herramienta que trabaja casi de forma independiente. Cientos de sonidos habitan una fábrica vacía en la noche. Hay diálogo entre metales que reclaman su vieja estructura, susurros de fugas de aire en las juntas de las gastadas mangueras de un compresor, silbidos de puertas que vibran con la brisa que intenta colarse al abrigo del interior, murmullos quejumbrosos en los cristales rotos de las ventanas, golpes de chapas en el tejado intentando huir del polvo de sus rendijas, fatigadas herramientas que cambian de postura acomodándose solas dentro de sus cajas, larga conversación de supuestos objetos inanimados que no paran de moverse contándose sus cuitas. Desde un oscuro rincón, fugazmente, dos ojos brillantes me miran; y de lo alto, llega un escalofriante sonido de un torpe aleteo. Quiero creer que algún gato se ha colado a la caza y captura de los adormilados pájaros que se refugian del frío, en las vigas de la nave.

 

Mi compañera, con su mirada displicente prefiere ignorarlo todo y se me adelanta en dirección a la puerta del fondo donde me espera para salir al exterior. Ella prefiere la húmeda tierra donde escarbar y hacer sus necesidades. Ha dejado de llover. Esperándola; el paseo se vuelve lento. Bajo focos fundidos llegamos al fondo de la fábrica. Un pequeño terreno con unos raquíticos pinos nos separa a mi compañera de orejas afiladas y a mí de un espectral muro blanco; la tapia lateral del camposanto del pueblo.

 

 

El cosmos es energía

descompuesta en materia

que curva el tiempo.

Una y otra vez en

cíclicos universos.

 

Es cuando las nubes se abren y una enorme luna derrama plata sobre todo lo que nos rodea. Mi singular cómplice, especialista en perseguir gatos en sueños, recurre al grito fúnebre de sus ancestros. El aullido.

Empieza con un gemido ahogado, como un mal sueño; se eleva en un lamento prolongado, como el ulular del viento; se hunde trémulo en una risa sofocada; se alza de nuevo en un gimoteo, mucho más alto y salvaje que antes; rompe de pronto en una especie de risa atroz; y se extingue en un sollozo que es como el llanto de un niño pequeño. Con el lomo erizado, echa una silenciosa mirada a ambos lados y repite la secuencia.  Ha surgido la atávica loba que subsiste a los siglos de domesticación. Es el diálogo familiar de su raza. Una canción heredada por la sabiduría genética con su correspondiente mensaje.

 

Mi ignorancia humana me ahoga en un sentimiento de vaga inquietud, como el desasosiego que precede al horror de una pesadilla. Esa mezcla de risas y lamentos, me parece una incongruencia que me lleva a pensar en la locura. Sin embargo, el mensaje corto pero profundamente emocional, tiene respuesta. Otros perros saben lo que significa y responden desde la merindad. Es una canción no humana de emociones y pensamientos, no entendible por nosotros.

 

No hay nada sobrenatural, como nos gusta creer, en nuestra introspectiva imaginación. Los perros no ven fantasmas, “huelen” el miedo, conocen la espantosa ley de la vida: comer o ser comido. Algo que nosotros “tan humanos” nos esforzamos vanamente en mantener fuera de nuestra conciencia moral. Todos, por muy superiores que nos creamos, obedecemos esta ley y comemos (y seremos comidos) formas que tienen sentimientos y deseos. Incluso las galaxias crean mundos fagocitándose entre si. La sustancia hace presa en la sustancia. ¡Solo comiéndose unos a otros existen los seres!

 

Todos nosotros soñamos; ninguno está completamente despierto; desconocemos lo “real” de esta realidad y muchos que pasan por sabios en el mundo conocen la verdad menos incluso que mi compañera que aúlla esta noche. Si pudiera hablar, creo que haría preguntas que ningún filósofo podría responder. Pues me parece que está atormentada por el dolor de la existencia. Posee un código moral poco refinado – que inculca lealtad, sumisión, cortesía, gratitud y amor materno; junto con varias reglas menores de conducta- y siempre ha observado este código sencillo. Más despierta que nosotros al mundo externo y dotada de un poder sensorial tan terriblemente penetrante, su noción de las realidades aparentes debe ser más haya que sepulcral. Lo que ella conoce a través de construir una geografía del olfato, la establece en una relación entre el olor y la experiencia de comer o con el miedo intuitivo de ser comida.

¡No es de extrañar que aúlle a la luna que brilla sobre un mundo así!

 

Se cierran las nubes, cae un húmedo telón en un espectáculo de una única rutilante vedette y algunas estrellas y volvemos a la pobre tiniebla de la luz artificial. Mi compañera cambia su actitud y con un sutil gruñido y dos sordos ladridos, lentamente baja los pelos de su lomo erizado. Adelantándose y rastreando en zigzag, regresamos a la garita subiendo una pequeña cuesta de asfalto resbaladizo. Los dos bebemos agua, como queriendo recuperar la compostura. Mi compañía de manto negro, a modo de buena guardiana, se echa junto a la puerta.

Mi mirada se pierde en un cielo oscurecido…

 

…y ella no brilla,

aire frío en silencio.

¿Sólo la noche?

.

 


2 comentarios so far
Deja un comentario

clap clap clap

auuuuuuuuuu… la luuuuuuuuuuuuna…

creo que tus noches te dan buen material…

saludos!!

Comentario por Gio

Es un texto precioso. Es todo cuanto seme ocurre comentar. Se me ocurre que puede gustarte el blog que te adjunto en el enlace http://aventurapensamiento.blogspot.com/

Comentario por valentina Lujan




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