YAMA


• Camino de la cama.

Además del mundo de la presencia existe el mundo de los hechos y este es uno de sus ridículos sucesos.

Salgo de trabajar del turno de noche a las seis de la mañana, después de una oscuridad llena de estrellas pero ninguna luna. Tras diez minutos de coche y una vez aparcado, cruzo la plaza absurdamente peatonalizada con adoquines, justo en el momento que una disciplinada fotocélula apaga las luces de las farolas públicas.

Queda ese universo azul, antes que salga el sol. En el centro de la plaza desierta, en su fuente, surge la gárgola. El amanecer y el hecho de que no haya nadie más, son algunas de las condiciones que se deben cumplir para que ocurra.

La arpía, está allí, lleva tiempo esperándome como en una cita a ciegas no pactada. Agazapada, llena de malvadas intenciones, ocultando sus senos flácidos aplastados contra la piedra, luciendo en sus garras, nervudos nudillos redondos y alas semidesplegadas y a punto de saltar. Asume la actitud agresiva que corresponde a un ser dispuesto a raptar las almas de los muertos de manos de los demonios y lamentándose de no tener cerca el bosque de los suicidas.

Durante el día, a la luz del sol, se deleita con las riñas de los niños durante sus juegos y durante la noche, con los tropiezos en los pasos titubeantes de los borrachos; mientras permanece inmóvil, contemplando los designios de Cronos, la fuerza del caos y el desorden.

Pero en este amanecer, espera mi confesión, el balance de mis actos en los últimos tiempos. Entiendo que otros elijan otras deidades para hacer acto de contrición o esperen a fin de año para confesarse, pero no fui yo el que eligió esta hora y este momento, fue ella, por razones que desconozco, la que me eligió a mí. Y me gusta porque no tiene compasión ni miramientos, es simplemente despiadada, no es justa ni injusta. Es como la naturaleza.

Me detengo cara a cara con ella y con la cuenca de mi mano bebo del agua que sale por su boca, es dura, alcalina, fresca y sulfurosa, seguramente ha transitado por las mismísimas entrañas del infierno recogiendo su sabor a azufre. Me paso la mano mojada por la cara a modo de bautismo sacrílego.

Conversamos.

Le hablo del choque entre mí conciencia y mis actos.

Me contesta con la sapiencia que da lo mucho visto desde su atalaya. Lleva allí muchos años, desde la época en que aquella fuente era un discreto abrevadero de bestias.

Se preguntaran como sé lo que me dice.

-Sencillamente, porque me habla con el natural sonido del agua.

Hoy, vanidosa suelta un chorro de agua grueso con un tono grave de amargura que cae en la pila llena; casi desbordada, si no fuera por el constante regurgitar del rebosadero, repitiendo mis palabras. Satisfecha, se regodea con mis contradicciones.

Otras veces, ante mis penas románticas, escupe unos finos hilos de agua que bailan un alegre claqué con el viento, riéndose de mí, tratándome de tonto; en el fondo de la fuente vacía tintinean sobre los charcos como si me tiraran monedas de misericordia por mi actuación en una mascarada.

Ni que decir cuando exteriorizo mis dudas existenciales y me contesta con un estremeciendo burlón; una insistente sucesión de gotas rítmicamente machaconas con los subsiguientes estallidos acuosos que retumban en la profundidad  de la poza.

Lo peor es cuando está muda, sin agua, es para ponerse a temblar ante la furia del silencio, suena a serio reproche, por haber sido coherente.

Pero hoy, junto al crescendo en la sinfonía dodecafónica del piar de los gorriones; de pronto, la vena de agua sufre una tenue arritmia, ordenándome a modo maternal que ya es hora de irse a descansar, dando por terminada la charla. Le hago caso y trastabillando con los irregulares adoquines sigo mi camino.

Sentado en el borde de la cama me quito un zapato y lo dejo caer, suena a abrir paréntesis; tomo la pequeña libreta de anillas que está sobre la mesilla y un bolígrafo y sin reflexión ni análisis, escribo tres versos inconexos.

con agua fresca-

camino de la cama

surge la gárgola

Cae el otro zapato, cerrando el paréntesis.

Como un dócil nosferatu, me duermo con el primer rayo de sol.

.

gárgola

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