YAMA


• pipas de calabaza

dsc00075

en duermevela-

estallan las pipas

de calabaza

 

Me despierto cinco minutos antes que suene el reloj. Es un buen síntoma, significa que he dormido bien y un buen augurio para un solitario; tendré un día fructífero.

 

Aún no ha amanecido y sin encender la luz, camino por el pasillo a oscuras en dirección al servicio. Cierro los ojos, me guío golpeando con los nudillos en las paredes, estando a oscuras siempre me pareció lógico moverme con los ojos cerrados.

 

Me ducho, plancho la camisa recién lavada y hago la antinatural raya del pantalón. La línea recta no existe en la naturaleza, donde todo son curvas y arrugas. La línea recta es un invento de un hombre impaciente por llegar mas rápido de un sitio a otro. Me pongo los pantalones azules de algodón y los zapatos negros que había lustrado la noche anterior. El cielo está un poco nublado, pero como no hace mucho frió elijo un jersey delgado.

 

Corto un par de loncha gruesas de queso fresco sin sal, desplegadas en el plato las espolvoreo con abundante azúcar por encima, preparo una tostada y caliento un vaso de leche en el microondas al que pongo una cucharada de café soluble descafeinado con dos pastillas de edulcorante. Me gusta mascar el queso fresco con los crujientes cristales de azúcar chocando entre mis dientes antes de disolverse.           

 

calzo la mesa-

el fondo de la nevera

llena de recuerdos

 

Miro el reloj y apuro el desayuno. Frente a mi, un almanaque con pinturas de maestros flamencos. En la lámina de este mes, una campesina lava la ropa en un pequeño arroyo, en la orilla de enfrente una enorme casona de campo con un molino que mueve el agua, a la derecha hay un puente que recorro hasta llegar a un camino que bordea la casa hasta un bosquecillo. Detrás un enorme árbol sobresale por encima del tejado. Atravieso la vegetación que desprende la misma fragancia inolvidable de cuando era niño.

 

Entro en la casa,  junto a una chimenea apagada hay una mecedora con asiento y respaldo de mimbre que cruje cuando me siento. Con suave balanceo me cubro con un edredón hecho de retales con vivos colores. Enciendo una pipa de fina, larga y curvada boquilla, con una pequeñísima cazuela que lleno de tabaco. Inundo mis pulmones con el humo que tiene un fuerte olor a chocolate. Satisfecho, expulso el humo en lentas bocanadas y con un suspiro profundo, el resto. Disfrutando la sequedad del paladar me sumerjo en la silenciosa oscuridad de la inconciencia durante un rato.      

 

Suena el despertador. Retiro las sabanas y pongo los pies descalzos en el frío suelo. ¡Tendré que darme prisa o llego tarde al trabajo!          

–Esta mañana hueles a chocolate.-dice mi compañera de oficina.

 

río solitario-

cruza el páramo

a descubierto

 

.

.

 

 

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