
Es sábado y salgo a la senda de las acacias, todavía de noche, Chucho sale a despedirme cuando bajo hasta el camino que me lleva hacia la carretera. A lo lejos, en el establo, las vacas mugen reclamando a mi padre para que las ordeñe. Ya amanece cuando a la parada llega el autobús. Me siento en el fondo, tan ancho como cinco asientos. Disfruto de las dos horas de viaje hasta la ciudad viendo a los pasajeros que suben y bajan. Enfrente de la estación de autobuses, está la heladería que a mi me gusta. Me compro un enorme helado de vainilla y fresa. Llego a tiempo de tomar el mismo autobús que me ha traído. Subo satisfecho el camino a casa, donde Chucho sale a recibirme.
-¿Donde estabas?- me pregunta mi madre.
-¡Fui hasta el río!- miento.
-Te tengo dicho que no te alejes tanto sin avisar. ¡Vete poniendo la mesa que tendrás hambre!
He estado mucho tiempo ahorrando para poder hacerme mi propio regalo.
Porque ya soy mayor. Hoy cumplo seis años.
Tarta de fresa-
Con la mirada ansiosa
sopla las velas.
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